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Jesús Ruiz...desde Orihuela

Bibliotecas

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El entarimado de la biblioteca de Orihuela me delata. Sólo quiero coger un libro de la estantería del fondo. Mis pies provocan a su paso unos crujidos parecidos al de una vieja carraca atravesando la mar océana hacia el nuevo mundo. El pasillo es largo. Si pretendo andar despacio para hacer menos ruido la madera desvencijada por las tormentas, los lectores y estudiosos de la sala principal me miran, pensando a lo mejor, que estoy de guasa y no tengo nada mejor que hacer que deambular por las crujías de esa cubierta que mas parece rescatada de una vieja nao vizcaína.

Casi prefiero ir a la biblioteca de Las Salesas y coger un manual de sus estanterías con el pretexto de estudiarlo en sus amplias salas de lectura en la intimidad de sus asientos con luz individual para desmenuzar las materias que se me presentan ocultas entre tanto papel. Reina el silencio en este sitio de la universidad.

Es tal la calma que sólo es molestada por el sonido de la campana de Santa Justa o el tableteo de los adoquines cuando pasa un coche por la calle. Hay momentos en que el ligero murmullo producto de la suma de las respiraciones de las almas allí concentradas, el pasar las hojas y mover lo bolígrafos en las nerviosas manos hacen de este lugar uno de los más provechosos para sacar adelante el trabajo. El índice de éxito es alto pero hay semanas que faltan plazas para la lectura y el estudio y sobran universitarios contándose batallitas de verano en el atrio, que luego llegan los empachos a papel de apuntes y pronósticos de examen.

Todo el mundo está allí en las salas de lectura de Las salesas y por algo será. Hay estudiantes de universidades o politécnicas de Valencia, Granada, Madrid, Alicante, Murcia. El alboroto que se produce en sus amplios pasillos sólo puede ser aplacado por los tapones de farmacia y por algún estudiante que a sabiendas de la reprimenda, sale y aplaca el fragor del gallinero.

De vez en cuando los que no pertenecen a la Universidad Miguel Hernández tienen que abandonar su sitio para cederlo a estudiantes que si lo acreditaban. Eso supone que estudiantes realmente concentrados en un sitio ideal se larguen a la calle a empaparse del bochorno de septiembre camino de los maderos de la Biblioteca Pública Fernando de Loaces.

Lo cierto es que faltan sitios, ya sea de titularidad estatal autonómica, municipal o interestelar. Al lector, al estudiante, al opositor, le es indiferente el asunto competencial y una biblioteca cerrada es un despilfarro. Para solucionar el problema hace falta creérselo y en política se soluciona con políticas públicas y dotación presupuestaria que es lo que realmente destapa o no la intención de gasto en la solución política de una necesidad pública.

Lo malo, o lo bueno según se mire, es que las prioridades no siempre siguen una escala lógica pues cada uno tiene las suyas en relación al orden de sus valores y los hay que prefieren mil veces el pan y circo antes que descubrir la versión moderna de Alí Babá.

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